jueves, 14 de noviembre de 2013

MI INFANCIA SOBRE LAS ACERAS


Siempre recuerdo aquellos fines de semana cálidos y emocionantes, distintos y especiales que pasaba en casa de mi abuela. Recuerdo su delantal limpio, sujeto al pecho con dos imperdibles. Recuerdo su olor; ella siempre olía muy bien, era una mezcla de agua de colonia y jabón…Yo salía a la calle a jugar a la rayuela, a la comba, al escondite, a las muñecas…El sol se combinaba con las nubes de paso, y los gritos y las risas de los otros niños dibujaban un estado de felicidad que no he vuelto a sentir nunca más. Todos los espacios estaban llenos de vida; inventábamos historias invisibles que vivíamos con el rigor de los niños emocionados. De pronto se escuchaba mi nombre, así como si flotara en el aire. Era la voz de mi abuela que me llamaba para merendar. Leche caliente con bollos dulces y tiernos; recién hechos.
Mi abuela siempre tenía palabras nuevas. Después de la merienda me contaba cosas; cosas que habían ocurrido hacía mucho, muchísimo tiempo; ella decía que las guardaba en una caja de cartón. Eran cuentos que inventaba para mí. De príncipes y princesas; de lluvias lejanas, de países exóticos…Yo escuchaba embobada. Allí frente a ella podía sentir cuánto la quería. Ella siempre conseguía que el tiempo se detuviera, que pasara lento, que los días se diluyeran con menos pasos; con menos peso…Después de la hora de los cuentos se levantaba del sillón para ir a arreglarse. Se quitaba su mandil y se ponía sobre la blusa que llevara una rebeca de color azul marino. Se perfumaba y ya en la calle me cogía de la mano. Íbamos como todos los días a la iglesia de San Diego para ver a la Virgen de las Angustias. Yo iba dando saltitos por la calle de la Gloria. A veces no entrábamos en la iglesia porque mi abuela decidía quedarse fuera para rezar desde una ventana que daba al interior del templo. Yo la observaba muy descarada pero ella ya no se fijaba en mí. Podía sentirse la emoción que desprendía su rostro. Desde aquella ventana susurraba palabras hermosas para su virgen bella. Así…cada día…con fervor, con el alma encendida; así creía mi abuela; con esa fe que daba sentido a su existencia, con esa confianza ciega, con esa certeza, con esa veneración, con esa seguridad…y así esperaba la llegada de noviembre para ver a la virgen procesionar. Para ella, este día era el más grande de todo el año.
De aquellos días de procesión yo guardo mil cohetes en el aire, frío de otoño, mi infancia sobre las aceras, balcones engalanados, el puestecillo de turrones que siempre era de color azul, bombillas blancas sobre la plaza y esa imagen de virgen triste que avanzaba lenta y majestuosamente.
Aquel día faltaban justo dos semanas para que la procesión saliera nuevamente a las calles. Era viernes por la tarde; era la hora de la merienda y yo tenía diez años…Cuando mi abuela cayó fulminada sobre el suelo de la cocina ya estaba muerta. Sin embargo yo, desde mi inocencia de niña le gritaba con todas mis fuerzas. La llamaba insistentemente. No sé cuánto tiempo pasé arrodillada junto a su cuerpo, pero allí estuve llorando sobre toda su belleza y su ternura y su pureza y su humildad…
Durante los años siguientes la furia contenida congeló mi pensamiento. Nunca había luz detrás de las ventanas. Las palabras se perdían entre la niebla y mi único deseo era morirme yo también.
Muy lentamente (pasaron años) me fui recomponiendo de la pena, del robo, de la desdicha; fui creciendo de nuevo entre la nieve pero nunca pude soportar tanto vacío en cada soplo de viento. Hablé con mis padres; ellos siempre creyeron en mí; les dije que había decidido seguir viviendo. Creo que mi madre, desde que murió la suya, jamás ha dejado de llorar. Ellos vienen a visitarme una vez al mes y me traen todo lo que necesito; cada vez los veo más mayores…
Todas las noches tras los cristales, me asomo a la ventana. Siempre hay sombras que proyectan deseos incumplidos. No guardo ningún rencor. No tengo nada. Solo mi soledad. Ella murió y yo solo pude quedarme ahí arrodillada a su lado, durante horas. A veces lanzo mis preguntas sobre papeles vacíos y siento que en los muros se marcan las huellas de todas las dudas.
Y esperar otros días, otros meses, otros años…el poder de todo el tiempo que pasa; sin besos ni ofrendas, sin oraciones, sin relicarios de plata…solo yo, abrazada a mi propio silencio…

Cuando decidí que no volvería a salir jamás de la que fue su casa yo tenía veintidós años. Fue una decisión firme en base a la inutilidad de las cosas. Sentía que el aire que respiraba me estaba ahogando, que la tierra y el cielo oprimían mi alma, que los árboles y los mares no me hacían feliz; así que cerré la puerta con llave y me quedé dentro; sola y conforme; con toda una vida por delante.

2 comentarios:

Inmaculada Jiménez Gamero dijo...

Emocionante relato y dura cicatriz para una niña que describe en primera persona un dolor que la atormenta durante años. Enhorabuena. ♥

Adelea Rojo dijo...

Gracias Inma. Es un honor tenerte aquí junto a mí. Gracias de verdad por tu compañía.