viernes, 16 de agosto de 2013

HABITACIÓN 131



Cuando empieza septiembre siempre es feria en esta ciudad. Es el tiempo de los niños y sus sonrisas encendidas; los padres vigilantes no hablan de tristeza; esperan de pie a que el carrusel finalice su redondo recorrido para recuperar de nuevo a sus hijos que después del viaje soñado aparecen un poco más felices, más inquietos, más traviesos…y de forma imperceptible un poco más mayores.
¡Qué pena que crezcan los niños!
Durante la feria se puede pensar en presagios, en la blancura de las paredes, en pedazos de vidrio que no flotan, en el color azul. Además; durante la feria se puede sentir fiebre o algo parecido, aunque el día de la semana sea el jueves, aunque ocurran los  perfumes y los espejos.
Así es. Jueves de feria. Quizá sean las cuatro de la mañana o quizá un poco más tarde…Voy andando por el centro del recinto y me siento mal. Me detengo. Me gusta permanecer inmóvil cuando el bullicio de la gente pasa por mi lado. Avanzan lunares y sombreros, lágrimas y destinos. ¿Estallarán ahora los fuegos artificiales? Miro al cielo. Ausencia de colores vivos. Pienso con los ojos cerrados…pienso en el cartel que anuncia las fiestas: los arcos de la plaza de la Constitución y algunos motivos gastronómicos y… la catedral y el torreón del Ferro…y dentro del tren de la bruja una pareja con el traje típico… ¿Qué pasa? Estoy en el suelo. Oigo sirenas y murmullos. Todos los rostros difusos están ahí arriba. Tarros de mermelada en los armarios de cocina. Es mi niñez. Días que pasan, alas cortadas. ¿Qué ocurre? ¡Ah…pero si soy yo! Es cierto; yo estaba tendida en el suelo ¿os acordáis? O sea, que vienen por mí, porque he caído desplomada en el centro del recinto ferial: residuos, ventanas, dolor, farolillos… ¿Aparecerá este hecho en el periódico de mañana? Ya estoy en la camilla… ambulancia… hospital. El trayecto no es muy largo pero me da tiempo y pienso en la belleza, en la pobreza, en los enigmas, en el mar… Habitación impersonal, capicúa, limpia y aséptica. Camisón de la seguridad social, abierto por detrás, cama articulada, no hay glamour. Entrar, salir, ir, venir… Todos se confunden, creen que soy un coma etílico; pero yo no explico nada. ¡Que se jodan!
Él entra por primera vez, distinto, vestido de verde; todos los demás pijama blanco. ¿Es el médico? Mi colección de cajas de madera...lágrimas…campanas. Tiene las manos suaves y también calientes. Exploración inútil...llagas invisibles. Tiene la voz bonita. Agua… olvido…fósforos. Me pide que colabore. Lo miro fijamente a los ojos. Ahora estamos solos los dos. ¿Lo he intimidado? No sé…pero aparta la mirada. Le digo que necesito palabras; eternamente palabras. Le digo que me gusta escribir. Mucho más que hablar…Me está escuchando. Yo diría que con mucha atención…pero ya no tengo ganas de seguir. Quisiera dormir, soñar, desaparecer…Sale de la habitación. De nuevo estoy sola… rumor de olas… algodón dulce. Ruido de puerta a la que se empuja. Entra de nuevo. Trae un cuaderno. Me lo da. Sobre la portada puedo leer en diferentes tipografías de distintos colores:


CLEXANE-ENOXAPARINA
Patologías médicas agudas-Insuficiencia cardíaca, insuficiencia respiratoria, procesos infecciosos agudos, procesos reumáticos, enfermedad inflamatoria intestinal. Sin aumento del riesgo de hemorragia, sin efectos adversos significativos…

¿Es un mensaje cifrado? Lo miro nuevamente; interrogación en mis ojos. Ahora me da un bolígrafo de color naranja fuerte donde se puede leer MOPRAL; es un bolígrafo de médico; no de profesor, ni de notario, ni de dependienta…Me sorprende su sonrisa. Es sincera. Todos sus rasgos se han suavizado. Bordes… huida… luz.
-          Escribe lo que te pasa, por favor. Si no lo haces no voy a poder ayudarte. Tómate el tiempo que necesites.
Paz…silencio…música…




Tic…tac




Acaba de entrar nuevamente; lo he llamado con el timbre avisador que cuelga sobre la cama. Le doy el cuaderno. Se sienta en la única silla de acompañante que hay en la habitación. Comienza a leer.
Nieve… sábanas…blanco…

Sobre mi mesita de noche hay un reloj cuadrado que marca impasible el transcurso de una vida que podría haber sido distinta. Sin embargo, esta noche he encendido la luz y el espejo que hay enfrente me ha devuelto despiadado mi cuerpo y mi rostro; siempre los mismos; progresivamente deteriorados; los únicos donde yo ubico mi personal forma de sentirlo todo.
Luis, mi marido, seguía ahí; durmiendo. Hace mucho tiempo que delimita estrictamente la esquina de la cama que por derecho le corresponde. Yo  lo agradezco en silencio. Entonces he concluido fácilmente que es ésta y no otra mi propia verdad, desdoblada en la mentira más absoluta.
Me he levantado lentamente para no hacer ruido, he avanzado hasta el comedor; sobre la mesa de nogal había un paquete de tabaco, quedaba un solo cigarrillo, lo he encendido y he tratado de saborearlo cómodamente sentada. He roto a llorar.
Sí. Puede resultar triste que ese cuadro de Monet, nunca deje de representar a una mujer solitaria. He cerrado los ojos y he respirado conscientemente antes de comenzar a jugar con la palabra amor:
Amor con mayúsculas, amor verdadero, amor de mi vida... en definitiva, palabras que tratan de ajustarse a ideas inexistentes, a sentimientos que murieron por asfixia, hace mucho, demasiado tiempo tal vez.
El cigarro se ha consumido con la misma rapidez con la que se consumieron todos mis sueños.
Me siento agotada, es un cansancio acumulativo que me destruye paulatinamente. Es el cansancio que me produce sentir las incalculables dimensiones de lo poco que soy, de lo poco que significo.
Ya no tengo fuerzas para seguir aferrada a las rígidas normas de un orgullo absurdo que sólo ha servido para conducirme directamente a ser una sucesión de días, semanas, meses, años... y llorar cuando nadie me ve y guardar apariencias y fingir la suficiente indiferencia con la que ya ni siquiera soy capaz de continuar la gran farsa que significa mi vida.
Pensar así, sin tapujos y sinceramente, me produce escalofríos y una sensación de vértigo que me hace caer hacia un vacío esperanzador porque nunca podrá llegar a ser más inmenso que el que me rodea en este preciso momento.
Resignación es una palabra que odio. No es práctica, no es útil, no significa nada, es absurda. Sin embargo la he utilizado siempre  y la he creído como si fuese una maldita forma de vida.
Resignación es no hacer nada nunca.
Este es un buen momento para reaccionar.
Lo he decidido.
No tiene por qué ser demasiado tarde.

Acaba de terminar de leer. Se levanta.
¡Miedo!
¿Instrucciones?
¿Medicación?
Mi pulso se ha acelerado y mi corazón late ahora con toda la fuerza. Creo que esto es rubor y también arrepentimiento. ¡¡¡Idiota!!! ¡¡¡Qué le importa a él tu vida!!! ¿Por qué tanta sinceridad? No deberías haberlo escrito. Lo que se escribe permanece para siempre. Atrapada. Sin posibilidad de retorno. Continúo sin mirarlo. No sé lo que hace él pero sigue ahí frente a mí.
Habla.
-          Bien…no estás enferma; estás abatida. Hay veces en las que uno se siente desbordado…No sé qué decir. Voy a darte el alta (Silencio) Mira…son las ocho menos cuarto. Mi turno acaba a las ocho. Si quieres, podemos tomar un chocolate con churros…yo creo que te haría bien. (Trata de bromear). Además  si es por prescripción médica…deberías aceptar…
-          ¿Dónde?- pregunto con la mejor de mis sonrisas.
-          En la feria.

Le digo que sí. Me acerca la bolsa con mi ropa. Sale. Me visto. No puedo calcular lo que tarda en volver. He sido mucho más rápida. Veo cómo avanza por el pasillo. Vestido así parece más humano. Es la cuarta vez que entra en la habitación pero… yo ya no estoy.